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En esta gran Sábana Blanca habitan también vaginas melancólicas, y hasta falos desgraciados que eyaculan lágrimas de tristeza.
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En esta gran Sábana Blanca habitan también vaginas melancólicas, y hasta falos desgraciados que eyaculan lágrimas de tristeza.
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Aldo y Sheila no eran tan sólo una pareja, eran la misma esencia de la felicidad. Se amaban con frenética locura, nunca conocieron el reproche, la mentira, o el recelo; la palabra desencanto no existía en su diccionario, porque amor, respeto, y pasión, eran las células que componían su naturaleza, los hilos que movían sus días. Hacía muchos años que compartían su existencia disfrutándose, exprimiendo hasta la última gota los placeres que su paradisíaca vida les ofrecía. Nunca nadie pudo imaginar simbiosis tan perfecta, relación tan prodigiosa, un querer tan intenso. Sus gustos, fantasías, y apetencias se antojaban idénticos, como análogas eran las almas, y era tal la devoción que se profesaban, que jamás se interpuso entre ellos la desagradable voz de la disputa. Ambos eran jóvenes y guapos, el paso del tiempo no erosionaba sus cuerpos esbeltos, poseían juventud eterna, sin enfermedades, vejez, miedos, angustia, inquietud, o desvelos. Ganarse el pan no les quitaba el sueño, pues pasión y ternura eran su único sustento, la saliva de sus bocas el licor que los embriagaba, el aroma de sus sexos, la querencia. Ignoraban si tenían o no pasado, ni para qué fueron concebidos, ni por quién. Jamás se plantearon duda existencial alguna, ni tampoco filosófica. Así, día tras día, segundo tras segundo, Aldo y Sheila se dejaban llevar en volandas por las nebulosas del gozo definitvo, el placer universal, el absoluto delirio. Desde el beso más inocente, a la práctica más morbosa o refinada, no había modo o disciplina erótica que no paladearan, experiencia estimulante a la que dieran la espalda, excitantes aventuras que rechazaran, ni rol que su sensualidad no interpretase. Eran amantes, novios, cónyuges, hermanos, amigos, amos, esclavos, todo tenía cabida en sus juegos, puesto que cualquier cosa que inventaran, cualquier deseo o fantasía que acudiese a sus mentes, cualquier capricho, les era concedido de inmediato para su pleno disfrute.
Pero un día todo habría de cambiar para su desgracia. El cielo oscureció repentinamente, la luna se apagó, y un frío gélido comenzó a soplar insistentemente congelando sus cuerpos, invadiendo los corazones de agónica tristeza. No sabían qué estaba ocurriendo, pero intuían que llegaba el final, que todo acababa, que algo superior los iba a separar para siempre; y temblando abrazados, sentían que la vida se les escapaba. Por primera vez tuvieron miedo a la noche y a la ignota oscuridad de la muerte.
Muy lejos de allí, un viejo ventilador gira a duras penas intentando mitigar el calor sofocante que aturde la madrugada, y con ella los confusos pensamientos de un hombre agotado. Mustio, acabado, reposa su cabeza sobre la mesa de trabajo, junto a la lata de cerveza que a guisa de cenicero rebosa de colillas arrugadas, apagadas con ansia y rabia, como quien desea fumarse en dos caladas la desventura. Gomas de borrar carcomidas, pinceles, lápices multicolores y botes de tinta, yacen desparramados por el suelo, fruto de algún espontáneo arrebato de ira. Tan sólo unos meses atrás, lucían sobre el mobiliario de un lujoso estudio, desde cuyo gran ventanal podían apreciarse los espectaculares atardeceres rojizos de Central Park, o las colosales siluetas de Manhattan plenas de luz y colorido. Ahora la única vista posible para John es la de un infecto callejón de Williamsburg al norte de Brooklyn, donde putas, yonkis, y borrachos comparten sus miserias bajo la luz de un neón parpadeante y hedor a basura y meadas. Unas pocas láminas ilustradas se esparcen con desorden encima del tablero, como único rastro estético destacable en el cuchitril donde nuestro hombre malvive, donde rumia su jodido destino en lágrimas de impotencia y largos tragos de whisky barato. Una llamada, una puta llamada en el contestador, le habia robado el último cartucho, el último tren al que subir, la última esperanza a la que aferrarse. Ni quería, ni podía asimilar que después de tanto tiempo en la cúspide ( viajes, premios, galardones, reconocimiento internacional, dinero a mansalva, y felicidad) todo se precipitara vertiginosamente hacia el caos. Sus ilusiones desmoronadas como un castillo de naipes. El medio siglo que cargaba su espalda se hacía ya demasiado pesado. No le quedaba nada por lo que luchar, hasta los sueños le habían sido arrebatados, se sentía desubicado, viejo e inútil. Vicios caros y despilfarros de todo tipo dieron al traste con su economía. Malvendió casa, coches, el apartamento en Santa Mónica, y los dibujos originales que le reportaron una vida de ensueño. Unos pocos dólares en la cartera eran su única fortuna. No le quedaba familia, amigos verdaderos nunca tuvo. Al comenzar su declive, la mujer que amó huyó de su vida, y acabó largándose con el monitor de fitness, dejándolo solo con sus ilustraciones, esas historias gráficas que deleitaron a varias generaciones de lectores en medio mundo, y que ya parecían abocadas al olvido, incapaces de soportar el paso del tiempo. “Lo lamento mucho John, las cifras de ventas han caído en picado, los tiempos han cambiado, a la gente no le interesan ya las historias sensibleras, piden más acción, sangre, violencia, pornografía, lo que sea, pero a grandes dosis. Te has quedado anticuado, tu estilo está obsoleto. Cientos de autores jóvenes piden paso, los comics japoneses arrasan, dan al lector lo que pide y a un coste más bajo; pura mentalidad industrial amigo. Hay que ponerse al día, el público manda. Sabes que te aprecio, siempre has sido un profesional intachable, un artista con mucho talento. Has traído grandes beneficios a la editorial, y te estamos muy agradecidos, pero “business are business” amigo. Me cuesta mucho decirte ésto, le dimos una última oportunidad a los dibujos, hemos intentado mantenerlos a flote contra viento y marea, pero ya nos resulta inviable.Tu trabajo no es rentable para la empresa, prescindimos de tus servicios. No lo tomes como algo personal, son las exigencias del mercado. Confío en que hayas sabido administrar todo el dinero que has ganado. Disfrútalo, jubílate, toma unas largas vacaciones, te mereces un buen descanso. Mucha suerte John, un abrazo y cuídate.”
Esas palabras giraban en su cerebro obsesivamente, como un disco rallado. Levantó la cabeza lentamente, secó el sudor de la frente, y rebuscó en el bolsillo del pantalón hasta encontrar una pequeña bolsita, la abrió, y tras picar ligeramente el polvo blanquecino que contenía, lo aspiró de una sola esnifada, acompañada por el trago que quedaba en la última botella. Sacando fuerzas de flaqueza, recogió los lápices del suelo y se puso a dibujar compulsivamente, como si le fuese la vida en ello ¿Para demostrarse algo a sí mismo? ¿Al mundo, quizás? Jamás podremos saberlo, pero su mano se movía a una velocidad prodigiosa, esbozaba sin parar, delineaba, coloreaba, perfilaba, sombreaba, como un poseso, como si el final estuviera próximo y el tiempo apremiara. Extenuado, tras horas de trabajo y agotamiento, consiguió rotular la palabra “THE END” en la última viñeta, y su rostro esbozó algo parecido a una sonrisa. A continuación un punzante dolor le atravesó el corazón, entornó los ojos, y dejando caer el lápiz, quedó inerte sobre la silla.
No mucho tiempo después, aquél cutre estudio destartalado acogía un nuevo ocupante. El nuevo inquilino encontró esos dibujos en un cajón. Como gran amante del arte se quedó maravillado y los mandó enmarcar, con el fin de colgarlos en la pared y conservarlos para siempre. Tanto le gustaban sus personajes, que los miraba a todas horas. Algo en su interior le decía que mientras los observara nunca desaparecerían. Su mirada les otorgaría la inmortalidad.
EPÍLOGO.
En algún lugar tan ignorado como la propia condición humana, una remota dimensión, otro universo, o tal vez algún rincón de la propia imaginación, un mundo de luz y color renace desde las tinieblas. El viento helado deja de soplar, la luna recupera su esplendor, el pavor desaparece, y Aldo y Sheila se miran sonrientes, besan sus labios, se mordisquean el cuello con delicadeza, y acarician sus cuerpos desnudos con cariño e inconmensurable apetencia. Han renacido, tal vez nunca murieran del todo ¿Quién sabe?
Con el fervor de una súplica, clavó las rodillas en tierra juntando las manos devotamente, alzando su bella mirada hacia un punto perdido en el infinito, extraviada entre la lóbrega espesura del bosque de los miedos, allá donde reina la culpa y se castran la mentes, donde la abyecta conciencia ávida de pecados y miseria, hurga y rasca noche y día, día y noche, sin tregua, entre las arrugas del alma, rebañando hasta la última migaja de cordura. Allá en las profundidades infinitas donde retumba la poderosa voz de un dios serio, solemne, implacable, cuya severidad cargó sobre la inocente espalda del hombre las lacerantes cadenas de la eterna penitencia. De pronto, la plegaria se tornó carne, y la carne llamas. El veloz fluir de la sangre aumentó la temperatura de su cuerpo, y se dejó llevar por la húmeda corriente que dominaba su mente en blanco. Con decisión, arrancó las vestiduras que le oprimían, se miró al espejo despojada de tela y pudor, y no sólo no se ruborizó al contemplar su terso busto desnudo, sino que le fascinaba la suavidad de su propia piel, cómo aquellos botones erectos que coronaban los pechos que manoseó con afán y deleite, desafiaban la razón acrecentando su dureza y volumen. Una extraña sensación encrespó su epidermis, mientras su corazón palpitaba con premura, como si de un reloj acelerado e impaciente se tratara. En aquél instante, un cegador haz luminoso atravesó el techo, produciendo una espesa nube de incienso que se extendió de inmediato por el frío aposento, perfumando el aire e iluminando su desnudez, y fascinada creyó ver una figura que surgía imponente de la humareda, y pensó que soñaba, cuando un ángel singularmente hermoso se le acercó muy despacio, exhibiendo la sonrisa más luminosa que su mente nunca pudo imaginar. Su cuerpo era fuerte, atlético, perfecto, su cabello ensortijado brillaba como el sol, y su mano derecha portaba una larga lanza de oro con algo parecido a una lengua de fuego en la punta. El ángel plegó sus níveas alas, y sin dejar de mirarla fijamente, extendió la mano izquierda, tocó delicadamente su mejilla, y le besó los labios tiernamente mientras acariciaba su cuerpo con inusitada sutileza. Sumida en el delirio de la excitación que aquella mano tan delicada le regalaba, notó que las piernas no podrían sostenerla por más tiempo, y sólo le quedaron fuerzas para tumbarse sobre el catre donde cada noche purgaba sus tentaciones. Entonces, cerró los ojos, abrió sus piernas al máximo, ofreciéndose en cuerpo y mente al espíritu celeste que había desatado esos velados deseos que no podía contener, y el ente alado clavó una y mil veces el dardo llameante en su sexo, arrancándole gemidos cada vez más fuertes, profundos suspiros de dolor y absoluto placer, porque esa lengua candente se hundía tan profunda en su interior, que al sacarla parecía llevarse consigo las entrañas.
Deseaba con toda la fuerza de su fe, que sólo la muerte pudiera acabar con tamaña felicidad, para alcanzar en el súmmum del goce la vida eterna, por los siglos de los siglos.
Piel de seda negra, tu cuerpo, medias negras, besos negros, labios rojos, jadeos en el alma, extrema complacencia. Ojos vendados, finas gotas de cera que caen una a una sobre las nalgas desnudas, sudor, un cuerpo que se voltea con pereza sobre la sábana, un suspiro, una obsesión, y entre los muslos mojados la oscura puerta que muestra la luz de tus profundidades, el sabor de tu esencia. Pechos erguidos que zigzaguean borrachos de flujo sobre una espalda entregada, inerme, cautiva. Escalofrío. devoción, lujuria, azotes, gritos perversos que vomitan los sentidos , besos que abrasan, espasmos candentes, cambalache de fluidos, espiral de sentimientos desbocados, caricias, mordiscos, blasfemias, abrazos, lenguas sedientas de piel y de alma. Pupilas brillantes que muestran el rastro que deja en la mirada cada segundo de dicha. Ecos de imágenes grabadas a fuego que vagan errantes para siempre en la memoria, cuando los días se tiñen de gris sin el calor de tu vientre.

Tras la despedida, agradecimientos, ojos húmedos, abrazos, más cariño, más besos, y en sus corazones un insoportable hedor a tristeza, conscientes de los caminos opuestos que seguirán sus vidas paralelas. Sus miradas se pierden definitivamente entre la maraña de automóviles, y en sus cabezas resuena idéntico epílogo conforme se alejan: ¿Volverán a verse algún día?
"A veces imaginación y realidad se encuentran tan próximas, que tan sólo unos poquitos sueños de nada las separan"

el color de tu voz pinte de locura, flujo, y sudor cada segundo que compartimos, que tus senos erguidos recorran exaltados de arriba abajo mi espalda, y después pega tu vientre al mío, abrázame, aferra orgullosa el miembro que te pertenece y clávatelo como un puñal de acero entre las piernas. Atrápalo, exprime hasta la última gota con la fuerza insaciable de tu vagina voraz. Llénate de mi, sacia tu deseo, calma tu sed, necesito sentir como me engulles, trágame, quiero incrustarme en tu cuerpo, perforarte, taladrarte, atravesar una y otra vez las lúbricas puertas que guardan tu interior para sellarlas una a una después con besos perversos; sin descanso, sin tregua, sin piedad, porque no hay mayor placer que escuchar tus suspiros y beberte la boca sorbo a sorbo, beso a beso.

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Despojada de pudor, frotaba sus muslos acompasadamente. Encendida como una gata en celo, se recreaba amándose a si misma, acariciando con una excitante e irresistible mezcla de lascivia y ternura su propio cuerpo. Ardía interiormente, asumía la imperiosa necesidad de sentirse la mujer más depravada sobre la faz de la tierra, la puta más sucia y deseada del vasto universo. Sumida en sus propios fluidos, se deleitaba en la agradable sensación viscosa que le deslizaba entre las piernas. Furor interno de una vagina voraz, golosa, hambrienta de besos, de mimos, de dueño, impaciente por ser degustada, paladeada, relamida una y mil veces. Y el goce experimentado alcanzaba tal intensidad, que los labios que guardan su interior deseaban estallar en gritos suplicantes, ahogados de placer. Alaridos proferidos desde lo más profundo de las vísceras, abandonada a las más altas cotas del vicio, el alma maquillada de lujuria, como el tono brillante del carmín que engalanaba sus labios. Y entornaba los ojos, trayendo a la mente la imagen de esa verga poderosa que crecía milímetro a milímetro con el calor de su aliento, aquél falo vigoroso que moldeado con sus finas manos, delineaba con pericia el contorno de sus areolas sonrosadas. El vello erizado, la piel de gallina, el clítoris en ebullición, excitada, expectante, a sabiendas de que unos ojos embelesados, no cesaban de observarla sin perder detalle, obsequiándole con mil suspiros de complacencia. El volumen de sus pezones aumentaba, hasta que por momentos parecía tocar el cielo, mientras se retorcía como una culebra sobre la cama, muriendo de placer, zarandeada por la fuerza del clímax que le envolvía en cuerpo y esencia. Frente a ella, fervorosas miradas de satisfacción, locura, y agradecimiento absoluto por una visión inolvidable.
Aún con la respiración alterada, caminó hacia él sonriendo, y agachándose, le besó apasionadamente, al tiempo que acariciaba sus mejillas, su pecho, sus brazos, sus piernas, su miembro, incluso las ruedas de la silla que le sostenía. Como testigos mudos, múltiples gotas de espeso semen quedaron esparcidas por el suelo, como queda el confeti multicolor tras una fiesta extraordinaria.
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arte continuo placer, ésta verga dura como el acero que forjas a tu antojo, con inigualable maestría, será la llave de tu lujuria, se detendrán las manecillas del reloj, y la ausencia de razón engendrará el absoluto delirio que abrasa mis entrañas. Cuando tú quieras, cuando lo consideres oportuno, cuando la tórrida boca de tu vulva empapada lo dicte, acataré mansamente las órdenes, acariciaré tus piernas torneadas, trazando con la yema de los dedos finas líneas que dibujen la cautivadora intensidad del tacto sedoso de las medias sobre tu piel blanquecina, con su exquisita transparencia masturbaré la mente, lameré tus pies como un perro hambriento, me estremeceré de placer al sentir en el cuello el abrazo de unos muslos suaves, potentes, enérgicos, maternales, voluptuosos; para sorbo a sorbo, trago a trago, paladear el exquisito sabor del cálido flujo que los riega, vibrando de pasión y apetito conforme percibo el salado olor de tu sexo. Finalmente exhaustos, rendidos a la satisfacción del deseo, navegaremos a la deriva zarandeados entre olas de fluidos, besos que sellan, comparten risas y llantos, evocan pasados, sugieren mil caminos de goce y perversión, infinitos mensajes de amor, y palabras tan candentes que queman los labios al ser pronunciadas.

Ella no es vieja, pues renace cada noche, ni joven, pues varios siglos fueron testigos mudos de su existencia. Hubo un tiempo en que como cualquier adolescente, disfrutaba las mañanas soleadas, o el canto armonioso de los pájaros, mientras fantaseaba imaginando al príncipe maravilloso que colmaría un día su amor y apagaría su fuego , haciéndole arañar el cielo de deseo y placer, iluminando su vida, inundando de alegría su soledad.
Y cuanto más felíz se sentía, mayor era su hermosura, sus ojos penetrantes brillaban como el sol, los cabellos parecían acariciar el viento al caminar, y una bella sonrisa que encandilaba a todo el mundo sin distinción de sexo. Pero los señores del Averno, celosos ante tan incomparable belleza, concibieron la siniestra idea de arrebatarle del lecho al amado en el momento más trascendente, más soñado, su tantas veces idealizada noche de bodas, cuando por fin iba a consumar su amor y la pasión que le devoraba las entrañas, el instante sagrado donde se entregaría en cuerpo y alma a ese hombre que tantas horas había dibujado en su mente. Un maléfico poder surgido de lo más profundo de las tinieblas habría de frenar en seco tanta felicidad. Cuando Ella gozaba sintiendo el miembro erecto que la poseía, cuando el frenesí del placer desbocado licuaba su sexo, y un orgasmo indescriptible, casi inhumano, se apoderaba de sus sentidos, el gesto placentero del marido se modificó súbitamente, reflejando una estremecedora expresión de pánico. Absolutamente aterrado, salió con brusquedad del cuerpo de su amante, con el falo tan frío como el pavor que helaba la sangre en sus venas, y sin tan siquiera recoger sus ropas, huyó despavorido gritando presa del pánico. Ella, que aturdida y desolada no daba crédito a lo que ocurría, acertó temblorosa a mirarse al espejo, y el horror que sintió la inmovilizó mientras contemplaba aterrada su rostro. Su otrora imponente melena había desaparecido, dejando en su lugar horrendas verrugas supurantes, los pútridos ojos en blanco reflejaban la gélida expresión de la muerte, la nariz, no era más que dos grotescos orificios huecos, y la boca quedaba totalmente descarnada, como la de un cadáver descompuesto. Sumida en el espanto, agarró un abrecartas, y blasfemando, lo hundió repetidas veces en su pecho, hasta desplomarse sobre un enorme charco de sangre. Cuando sentía que la vida se le escapaba, reparó en un texto escrito sobre el espejo. Le serían devueltas la vida y su belleza, más lloraría lágrimas negras para no olvidar nunca la razón de su existencia. Debería asimismo, utilizar las noches en copular con el mayor número posible de hombres, seducir a cualquier mujer que se le antoje, y en cada orgasmo obtenido, robar el alma a su víctima para entregarla como tributo a los infiernos por las bondades recibidas.
Para consumar el trato, sólo tenía que beber un poco de su propia sangre. Sin titubear, lo hizo, y de pronto, sus heridas sanaron, la hermosura volvió a su rostro, y se sintió poderosa con su nueva vida, aún manando oscuras lágrimas por las mejillas, regresó la sonrisa a su boca, merecía sin duda la pena, o ¿es que acaso le quedaba otra opción en su locura?
Por eso ahora aborrece los dias radiantes, y el único canto que le resulta agradable escuchar es aquél que se entona en la oscuridad. Ama las sombras, donde seduce y fornica sin pausa a sus elegidos hasta arrancarles la esencia, posee el poder necesario para con tan sólo una mirada, desarmar de voluntad a hombres y mujeres, a los que encandila con irresistibles besos , enloquecedores mordiscos, candentes lamidas, estremece con sus caricias, endurece penes con el aliento, estimula clítoris con indescriptible pericia; una máquina sexual que te engullirá sin compasión, sin medida, porque una vez probó la carne, y su apetito es insaciable.
Si en algún callejón oscuro, en algún lugar apartado te la encuentras, no te resistas, imposible luchar, no pierdas el tiempo en intentar huir, no hay escapatoria posible. Asume tu destino y déjate llevar para morir disfrutándola, nada más puedes hacer, no te empeñes.
Ella ha vuelto, nadie está a salvo, y en la oscuridad de la noche, tú también puedes ser su próximo capricho.

El rumor de las olas rompiendo contra el acantilado era la música que acompañaba sus sueños. Por la ventana entreabierta, una leve brisa acariciaba su cuerpo tendido sobre el lecho en el que reposaba su soledad, allí donde día tras día ahogaba velados deseos, brasas candentes pidiendo ser apagadas, mil ilusiones y palabras de amor revoloteando confusas alrededor de su consciencia. Y se retorcía de placer amándose entre la suavidad de las sábanas, y gozaba fugazmente, y lloraba después con amargura, porque no eran otras manos las que le aliviaban, porque sus labios se secaban al besar el aire, porque sus pechos suplicaban caricias, y su sexo el calor de la noche.
Entre la abertura que dejaban los visillos del ventanal, nunca se percató de la silenciosa sombra masculina que día tras día le observaba durante horas, cautivados sus oídos con los delicados suspiros que profería, y que a él se le antojaban ardientes plegarias. Esa noche quiso mirarla más de cerca, escuchar su respiración, disfrutar de la hermosura de ese cuerpo desnudo, esos muslos torneados, esos pechos relajados, turgentes, que la claridad de la luna mostraba en todo su esplendor. Con sigilo, se introdujo en la alcoba, a escasos metros de ella, clavó la mirada en sus cabellos, y no pudo reprimir la apremiante necesidad de acariciarlos. Al hacerlo, ella de pronto despertó alarmada, sin apenas tiempo para reaccionar. Con la agilidad vertiginosa de un felino, la sombra se abalanzó sobre su presa tapándole la boca con delicadeza para evitar que gritara. Asombrada aún, notó sin embargo que no corría ningún peligro, ignoraba el motivo, pero de alguna manera, presentía que se iba a ver envuelta en algo muy intenso, impensable, una voz interior le animaba a vencer el miedo, relajar sus músculos, y dejarse llevar por la fuerte atracción que incomprensiblemente le producía la situación. A continuación, el intruso le vendó los ojos, y ató con cuidado sus manos, la tomó en brazos tras envolverla en la sábana, y se la llevó consigo en dirección al acantilado, desapareciendo ambos a través de una espesa bruma que súbitamente lo envolvió todo. Aunque el pañuelo negro que tapaba sus ojos le impedía saber el lugar en el que se encontraba, su olfato podía percibir un intenso olor a madera enmohecida, e instantes después, notó como la depositaba delicadamente sobre una mullida cama. Su corazón palpitaba desbocado, deseaba fervientemente que ese hombre desconocido la poseyera, la dominara a su antojo hasta convertirla en su juguete. Por eso no opuso resistencia alguna cuando ató sus muñecas de nuevo, ésta vez a la cabecera de la cama, ni tampoco cuando separó bruscamente sus muslos y palpó el húmedo ardor de su vagina, no pudiendo evitar que un ahogado gemido escapara de su garganta. Después, él se llevó la mano a la boca, y tras lamerse la palma con la voracidad de un lobo hambriento, se despojó del pantalón sin dejar de mirarla.
Totalmente abstraído, acarició sus erguidos pezones con la punta del pene, para seguir hasta su cuello, sus mejillas, pasando con lentitud su glande ardiendo por la comisura de los labios de esa mujer que intentaba en vano retorcerse, aferrar con sus manos ese miembro poderoso, y devorarlo con la fuerza de su alma.
Asiéndola fuertemente por los rojizos cabellos, apretó su cara contra el pecho, obligándole a que lo mordiera con la mayor fuerza posible; así lo hizo, y con cada mordisco, él embrutecía más y más, emitiendo rugidos sobrenaturales, casi de ultratumba, que resonaban como un tambor en sus oidos, y ella se sentía más y más salvaje, Ya nada se preguntaba, nada le inquietaba, su única intención era ser poseída cuanto antes, y saber que todo aquello no era un sueño, un fugaz devaneo de la imaginación. Cuando su grueso miembro comenzó a penetrarla, chilló una y otra vez como poseída, suplicando más y más placer, entregada por completo a esa fuerza viril que por momentos parecía dispuesta a taladrar la frontera de sus entrañas y partirla en mil pedazos. El orgasmo que ambos sintieron al unísono no tuvo parangón. Se besaron con ardor infinito durante horas, hasta que el filo de un puñal cortó las ligaduras que la mantenían aprisionada a la cama, permitiendo que sus brazos liberados abrazaran el torso de aquél que con tanto ímpetu le había hecho tan feliz, sintiéndose la mujer más amada y deseada del universo.
Entonces, él arrancó de un tirón el camafeo que pendía de su cuello y lo depositó en su mano derecha cerrándosela lentamente, y envolviéndola de nuevo en la sábana, volvió a cargar con su amante entre los brazos hasta que la devolvió de regreso a su alcoba. Tras unos segundos eternos, aflojó la venda que aún le tapaba los ojos, besó dulcemente sus labios, y se marchó en silencio, saltando precipitadamente al exterior. Ella se despojó ansiosa del vendaje, y examinó con curiosidad el oxidado camafeo que tenía en su mano y que parecía contener un antiquísimo retrato femenino que limpió con esmero y ansiedad.
El corazón le dio un vuelco, y un desgarrado escalofrío la recorrió de arriba abajo, helando la sangre que fluía por sus venas, ¡No podía ser cierto! ¡Se trataba de su propio rostro!. Jadeante, corrió hacia la puerta y salió al exterior mirando hacia el mar que parecía enfurecerse por momentos, intensos relámpagos iluminaban el acantilado, seguidos de truenos furiosos que hacían casi temblar la tierra, la lluvia comenzó a caer con inusitada virulencia, y pudo apreciar como un viejo galeón desvencijado que parecía volar entre las olas, se alejaba veloz hasta perderse en el interior de una nube de espesa niebla. Velas rasgadas, casco carcomido, mascarón de proa destrozado,… y en lo más alto del mástil, satisfecha por fin después de siglos de amargura y desesperanza, con indescriptible orgullo, ondeaba poderosa mostrando su descarnado rostro a los cuatro vientos, Jolly Roger, la bandera pirata.



me indican a la perfección que esa tersura, esa erección, esa dureza que exhiben, quedaron tatuadas en la punta de la lengua de aquél que ahora te hace proferir gritos de placer? ¿Cómo es posible percibir con tan absoluta claridad que los glúteos que tan generosamente me ofreces, fueron ya cuidadosamente apretados, pellizcados, separados por mis manos con perversión y lujuria? y al obsequiarte después con el húmedo ósculo que abrió de par en par la entrada más oscura a tu ser, ¿por qué conocía con semejante exactitud el delicioso grado de opresión que ejerces sobre mi miembro candente, y la fuerza justa que debo aplicarte, para escuchar tus gritos potentes, obscenos, alimentados a base de sudor, dolor y fuego?.
"En alguna parte, en cualquier momento, despiertan vidas dormidas, sentimientos intensos aletargados en los ecos de la razón, que vagan olvidados en el espacio, en el ignoto pasado, y en el entendimiento".
Una noche, cuando ella llegó al lugar de siempre, él no estaba. Extrañada primero, inquieta después, se sentó y esperó pacientemente la llegada de su amante. Sabía que llegaría, que no faltaría a la cita, pero percibía algo en el ambiente que angustiaba su corazón. Pasaron horas, minutos, segundos, y la desazón se adueñaba poco a poco de su alma. De pronto, varios estruendos acallaron con violencia el canto del grillo y el murmullo del agua que manaba del surtidor. La luna oscureció, las estrellas apagaron su brillo, y el aroma delicado de los jazmines quedó invadido por un desagradable hedor a pólvora. Al cabo de unos segundos que resultaron eternos, escuchó lentas pisadas, crujir de hojas y una sombra tambaleante que se acercaba jadeando hacia ella ¡por fín!, ¡era él! alborozada, se abalanzó sobre su pecho, y al tocarlo, notó que estaba empapado. Miró la palma de su mano, y el horror le borró de un trago la sonrisa, sangraba. A duras penas, lo recostó bajo el caño de la fuente, desgarró su camisa y dejó que el agua lavara la herida. Después, le besó dulcemente los labios, mientras acariciaba su cara con mimo, pero no obtuvo respuesta, ni sintió en los labios el calor de su aliento. Sumida en llantos de infinita tristeza, abrazó muy fuerte su cuerpo inerte, reclinándose sobre su pecho ensangrentado, mientras juraba y perjuraba sollozando a los cuatro vientos, con toda la fuerza de su garganta, que nunca nada conseguiría separarlos, ¡nada!, ni tan siquiera el gélido abrazo de la muerte.
